84. Déjame quedarme
El viento entraba como un susurro etéreo sobre la petición de Brian. Sabía que cualquier palabra que le dijera podría sellar nuestro destino. No solo temía por lo que podría ser, sino por el peligro. Ladeaba con levedad la cabeza y, tras un largo suspiro que escapó de mis pulmones como si fuese la llave de la liberación de todos mis miedos, respondí.
—Brian —nuestros ojos se mantenían en una electricidad imposible de ignorar—, quiero mantener una vida en paz aquí en Australia —acariciaba con cu