—Cariño, ¿de verdad puedes montar este caballo? —preguntó con ligero nerviosismo.
—Claro que sí, Brian, tengo una licencia para montar caballos —reí para intentar ocultar mis nervios.
Habíamos llegado a la villa de los señores Castillo esa misma mañana, donde el patriarca, con elegancia, nos dijo que ya no teníamos que quedarnos si no queríamos, pues no le vendería a nadie más. Esa mañana fue un caos, porque descubrimos que una de las chicas había sido pagada para actuar y otra, sobornada.
Lle