El viernes fue una tortura letal.
Lo que antes habría sido una bendición —no tener que ver a mi jefe con cara de pocos amigos— se convirtió en una especie de castigo mental.
Me repetí al menos veinte veces que solo lo extrañaba por su tono pasivo-agresivo. Sí. Solo por eso. No por su risa en medio de una reunión incómoda. No por la forma en que decía mi nombre como si fuera un secreto.
Definitivamente no.
En mi rato de soledad, llamé a mi abogado que me ayudó a abrir una cuenta para meter ahí t