20. Calcomanías
Tragué la enorme piedra imaginaria que sentía atascada en la garganta. Mi madre nos observaba, ligeramente confundida.
—¿Está todo bien?
—Por supuesto, señora Rosa —dijo Brian con una amabilidad impecable.
—Caleb, querido, ¿quieres quedarte a comer?
—No, gracias, tía —respondió él, dándole otro sorbo a su soda—. Laurent ya me alimentó, y debo irme a cubrir una cirugía.
Se levantó, se dirigió a Brian y le ofreció la mano con una sonrisa tan enorme que ya me preocupaba.
—Disculpa que no me presen