La mañana había amanecido densa, húmeda, casi irrespirable. Pero Elena caminaba como si flotara. Su conjunto marrón de lino y seda, perfectamente ajustado, realzaba su figura con elegancia sobria. Los lentes oscuros ocultaban el cansancio, pero no su firmeza. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su rostro afilado, y cada paso que daba por el vestíbulo de la torre Dereveux retumbaba como un recordatorio: ella había vuelto a entrar en ese mundo… por decisión pr