Los ojos de Terrance se fijaron en Paz, incapaces de disimular el estupor. Sus palabras resonaban como un eco frío en su mente:
—¿Qué pasa, señor Eastwood? ¿Teme que le vayamos a ganar esta partida?
Aquella sonrisa triunfante, la misma que tantas veces había admirado, ahora lo desgarraba por dentro.
Ella estaba allí, desafiándolo frente a todos, y lo peor era que no podía entender cómo había logrado entrar después de sus órdenes explícitas.
Su mandíbula se tensó al ver cómo Randall Coleman, su e