La risa amarga de su suegra María llenó la habitación, un sonido seco, casi cruel, que se quedó suspendido en el aire como un veneno.
Eugenio, fuera de sí, lanzó los papeles al suelo con furia a un lado.
Sus manos temblaban de rabia, pero su voz era firme, como si tratara de controlar todo lo que ya se le escapaba de las manos.
—¡Tonterías! No nos divorciaremos por algo tan absurdo, Mia. Vamos a arreglar esto, tú y yo... como siempre.
María, alzando los papeles de divorcio con desdén, los agitó