Mia llegó a casa como si el peso del mundo estuviera sobre sus hombros.
Cada paso que daba dentro de la casa era una tortura, como si el lugar que alguna vez había llamado hogar ya no tuviera cabida en su corazón.
Apenas cruzó la puerta, la voz de Leslie, su cuñada, la alcanzó como un grito de advertencia.
—¡Quiero que me hagas las uñas, Mia! Hoy tengo una fiesta —le ordenó con desdén, como si no hubiera notado el estado de su cuñada.
Mia la miró con rabia, esa rabia que llevaba en su pecho crec