Eugenio no supo cuántos metros corrió tras el auto, no sabía cuántos segundos, minutos, u horas habían pasado, hasta que sus piernas cedieron y cayó al suelo, de rodillas. Solo en ese momento, cuando su cuerpo se desplomó en el asfalto frío y su corazón palpitaba con furia, pudo darse cuenta de lo que sucedía. ¡Estaba llorando!
Nunca lo había hecho. Nunca había permitido que las lágrimas se desbordaran, incluso ni siquiera el dìa en que su medio hermano fue acusado y llevado a prisión hace un me