El aire en la sala se volvió espeso, denso, casi insoportable.
Un silencio pesado se coló entre las miradas de todos los presentes.
Randall soltó a Bianca de inmediato, y su rostro se transformó en un torbellino de rabia y confusión. Su corazón latía con furia, su mente desbordada por la incomodidad de la situación.
—¡Lárgate de aquí, Deborah! —rugió, su voz quebrada por la furia—. ¡No eres bienvenida! ¿Qué diablos haces aquí?
La sonrisa de Deborah no era una sonrisa cualquiera. Era la sonrisa d