—¡No eres la gran cosa! —Paz escupió las palabras con desdén, su mirada encendida de rabia y desafío—. Hay hombres mejores que tú, Terrance.
Cada sílaba fue como un cuchillo directo al ego de Terry. Sus músculos se tensaron, sus puños se cerraron. Nunca nadie se había atrevido a hablarle así, y menos la mujer que alguna vez le había pertenecido en cuerpo y alma.
Paz giró sobre sus talones, lista para largarse, pero no pudo dar ni dos pasos antes de que él la jalara con fuerza, atrapándola entre