Terrance obligó a la mujer a confesar cada detalle.
La desesperación en sus ojos, las súplicas, el temblor de su voz… Todo le confirmaba que no había ninguna mentira en sus palabras.
El peso de la verdad lo golpeó como un puño directo al pecho, dejándolo sin aliento.
Cuando salió de la bodega, estaba hecho una furia. Su mandíbula estaba tensa, sus puños apretados con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
La rabia ardía en su interior como un incendio imposible de apagar.
Subió a