La puerta de la habitación se abrió con un chirrido suave.
Al instante, Mila dio un paso atrás, casi tropezando, cuando vio a Aldo allí, atado a una silla, su rostro marcado por golpes, su cuerpo rígido y dolorido.
Un nudo se formó en su garganta. La angustia la invadió de inmediato.
—¡Aldo, mi amor! —gritó, corriendo hacia él, el sonido de su voz quebrado por el miedo.
Con manos temblorosas, intentó desatarlo, pero el miedo la paralizaba. No podía perderlo.
El sonido de su nombre, cargado de de