El silencio en la sala de abogados se volvió insoportable.
Cada segundo era una tortura para Paz, quien sentía que su corazón latía con la fuerza de un tambor de guerra.
Su respiración estaba agitada, sus manos sudaban.
De repente, la puerta se abrió, y el abogado entró con un sobre en la mano.
El aire pareció volverse más denso.
—Aquí están los resultados —anunció con tono formal, pero con un poco de incomodidad en su voz.
Deborah, con una sonrisa maliciosa en los labios, prácticamente le arran