El sonido seco de la bofetada resonó en la noche como un latigazo.
—¿Quién demonios crees que soy? ¿Tu amante? —escupió Paz con furia, su mano aun temblando por la fuerza del golpe.
Terrance, con la mejilla ardiendo, la miró con una mezcla de sorpresa y dolor.
Sus ojos oscurecidos reflejaban algo más que enojo: una determinación que no se rompería con un golpe.
—¡Eres mi esposa! —su voz fue un rugido contenido, un lamento y una afirmación al mismo tiempo.
Paz sintió su pecho comprimirse, pero la