—¡Ella, Arleth es una serpiente! —exclamó Mia, con la voz cargada de furia y desesperación—. Necesito grabar lo que dices, tu hermano debe saber la verdad o arruinará su vida.
Gabriel asintió con determinación y se acercó al celador.
Sacó más dinero de su billetera y lo deslizó en las manos de los celadores, con una mirada intensa que no admitía negativas.
El hombre dudó por un momento, pero el brillo de los billetes disipó cualquier objeción.
Brandon, en cambio, asintió lentamente y, con un sus