Arly llegó a casa, sumida en la tormenta que su mente no podía dejar de repetir.
En su habitación se despojó de sus ropas con furia y se sumergió en un largo baño.
Al salir del baño, el espejo reflejaba a una mujer que ya no conocía.
Se vistió, pero el peso de lo que había hecho, la incertidumbre sobre su futuro, todo la abrumaba.
Una empleada entró en la habitación, rompiendo su trance.
—Señorita Arly, Francisco la espera en el salón.
El simple nombre de Francisco hizo que un nudo se apretara