Los hombres de Randall y Terry golpeaban sin piedad a los secuestradores, desquitando en ellos la furia contenida.
Sin embargo, Randall alzó una mano, deteniéndolos. No bastaba con hacerles pagar a golpes, él necesitaba respuestas.
Tomó un arma y la apuntó directamente a la cabeza del hombre que se retorcía en el suelo con la pierna sangrando.
Su voz fue un rugido.
—¡Ahora mismo, malditos! ¿Quién ordenó el secuestro?
El sujeto tembló y tragó saliva.
La sangre empapaba su pantalón, y su respiraci