Mila y Mia llegaron a casa, sus corazones apesadumbrados por la noticia que acababan de recibir.
Al ver a Gabriel, sentado en el sofá, con la mirada perdida y la expresión vacía, su dolor era palpable.
La angustia en su rostro era tan profunda que incluso el aire alrededor parecía cargado de desesperación.
Mila no pudo evitar estallar en rabia. Acercándose a él, lo miró fijamente, sus ojos ardían de frustración y preocupación.
—Eres un tonto —dijo con una voz que, aunque cargada de reproche, tam