—Señor, no encontramos a la mujer… No está por ningún lado en el puerto.
El corazón de Gabriel se hundió en un abismo. Su pecho se encogió en una mezcla de incredulidad y rabia ciega. Sus puños se cerraron hasta que sus nudillos palidecieron.
—¡Maldición! —rugió, su voz retumbando en la noche como un trueno.
Sintió un escalofrío recorrerle la columna. Miedo. Algo que no solía permitir en su vida, pero que ahora lo consumía como un veneno lento.
«Vivian… No puedes hacerme esto. No puedes alejarte