Aldo y Mila viajaron en silencio durante todo el trayecto. El sonido del motor del coche era lo único que acompañaba la quietud del momento, como si el aire estuviera cargado de electricidad estática. Aldo no miraba a Mila. Su rostro estaba tenso, casi impenetrable, mientras que Mila, sumida en la oscuridad del miedo, sentía cada kilómetro como un suspiro más pesado que el anterior. Quería que le hablara, que rompiera el silencio que la estaba ahogando, pero él no decía nada. Ni una palabra, sol
J.D Anderson
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