Mila sintió un sudor frío recorrer su espalda, su mente trataba de hallar una salida, pero las palabras de Aldo y su padre la envolvían, presionándola.
Las miradas de ambos, llenas de firmeza y desesperación, esperaban que ella negara lo que acababa de decir. No podía soportarlo más, el peso de la verdad la ahogaba, y el miedo se apoderaba de ella con cada segundo que pasaba.
—¡No es así! —su voz tembló, y el pánico comenzó a invadir cada rincón de su ser—. Es cierto que vi a este hombre, pero l