Mía y Eugenio llegaron al parque botánico bajo un cielo despejado, donde el aroma de las flores recién abiertas flotaba en el aire.
Caminaron en silencio por los senderos adornados con rosas y jazmines, sintiendo el crujir de la grava bajo sus pies. Finalmente, se sentaron en una banca de hierro forjado, envuelta en enredaderas florecidas.
Mía tomó aire y lo miró fijamente.
Había tantas cosas que quería decir, pero su corazón aún pesaba con el recuerdo del dolor.
—Dime la verdad, Eugenio… ¿Por q