Cuando Mila se quedó en casa, los guardias pusieron en marcha el plan. Sabían que Francisco no se marcharía tan fácilmente. Su obsesión lo delataba, y tarde o temprano, caería en la trampa.
Uno de los guardias corrió tras él, encontrándolo estacionado a poca distancia, con el rostro sombrío y los ojos fijos en la mansión, como un depredador acechando a su presa. El guardia se acercó con cautela y golpeó la ventanilla del coche.
Francisco bajó el cristal con desconfianza.
—No estoy en un lugar in