La gala del Museo de Arte era un mar de seda, diamantes y sonrisas calculadas.
El vestido de Emily, de un rojo oscuro y ceñido, dejaba al descubierto sus hombros y la curva de su espalda, y hacía que el zafiro del collar brillara como un fragmento de noche estrellada.
Caleb, con su esmoquin impecable, era la imagen del magnate exitoso y devoto. Juntos, formaban una pareja deslumbrante.
Desde el momento en que entraron, sintieron las miradas. De admiración, de curiosidad, de envidia.
Pero Emi