Los primeros días de Lucia fueron un torbellino de pañales, lactancia y noches sin dormir.
Caleb, para sorpresa de todos, incluido él mismo, se transformó en un padre meticuloso y devoto.
Aprendió a cambiar pañales con la misma precisión que limpiaba un arma, a sostener el biberón (cuando Emily no amamantaba) y a mecer a la niña en sus brazos enormes, cantando canciones en un susurro ronco que solo él conocía.
Pero la paranoia no desapareció; se transformó.
Ahora, cada ventana era una posibl