El club privado donde se reunirían con el senador Harlan era el epítome del poder discreto: maderas oscuras, cuadros de viejos blancos, y el silencio que solo el dinero puede comprar.
Caleb vistió un traje de negocios impecable, pero bajo la chaqueta, en la espalda, llevaba su arma habitual.
Emily, a su lado, llevaba un elegante vestido de lunares que ocultaba los últimos signos de su recuperación postparto.
Lucia había quedado en la mansión con Silvia y dos guardias de confianza, algo que a