Después de la partida de Dante y la dispersión de los capitanes, una fatiga profunda, mezclada con un alivio monumental, se apoderó de Caleb.
La villa quedó en silencio, solo roto por el suave murmullo del viento en los pinos y el ocasional gorjeo de Lucia.
Esa noche, después de cenar, Caleb se quedó mirando las brasas de la chimenea en el salón.
Emily se acercó por detrás y le rodeó la cintura con sus brazos, apoyando la mejilla en su espalda.
—¿Pensativo? —preguntó.
—Es extraño —confesó él,