Diez años después de que Emily despertara en aquella habitación de seda negra, la familia Roosevelt viajó a Italia.
No por negocios, sino por unas vacaciones largamente planeadas.
Recorrieron Roma, Florencia y, finalmente, se dirigieron a la Toscana, a una villa alquilada entre colinas de cipreses y viñedos.
Fue allí, una tarde de verano especialmente hermosa, mientras los niños (Lucia, una adolescente segura de sí misma de trece años, y Mateo, un niño activo de diez) jugaban al fútbol en el