Agata
Había vivido tan tranquila en Ciudad Ónix, y en el castillo de Su Majestad, que me había olvidado de lo mal que se llevaban vampiros y hombres lobo; eran como el agua y el aceite.
—Vamos, vamos, ¡compórtense! —exclamé. Octavio se reía, cruzado de brazos, viendo a Eva y Arístides participar en lo que bien podría llamarse una competencia de quién decía los insultos más tontos.
—¡Chupa sangre!
—Hereje desgreñado.
—Muerta viva.
—¡Pálido sin gracia!
—¡La que no puede dormir!
—¡Hey, al menos me