Agata
Olvídense de los besos que me había dado antes este hombre. Esos toques y esa pasión no eran nada. No se les podía llamar ni besos.
En cambio, esto… esto… era una locura.
Aristides me sostenía contra el árbol, apretándome con su cuerpo. Sentía su abdomen, sus músculos y cada parte deliciosa de su anatomía. Diosa, los lobos siempre habían sido sexys y maravillosos, pero esto era más, mucho más. Las hechiceras de aire éramos sabias, controladas, poderosas, serias y sostenemos el bien ante t