Agata
—¿Tu… prometida?
—No, no lo es —insistió él, molesto, mirando a la mujer.
Marisa. Una hereje… como él. Los herejes elegían a sus mujeres o, peor… las cazaban. Otra vez, las historias que había escuchado sobre ellos.
Crueldad.
Violencia.
Rechazo a la sagrada diosa que me dio mis poderes.
Aristides me miraba fijamente; sus ojos me pedían que le hablara en la mente, que escuchara lo que tenía para decir. No quería escucharlo.
—¿Qué dices, Aristides? ¿Cómo que no soy tu prometida?
—Respeta a