El Norte quedó atrás con una rapidez que parecía irreal.
No porque el territorio fuera pequeño —era inmenso, salvaje, familiar— sino porque, por primera vez en años, Lysander sintió que la casa principal no era el centro de su mundo, sino un punto de partida. A medida que la caravana avanzaba por los senderos de bosque y roca, el olor de su hogar se debilitó lentamente, reemplazado por aire nuevo, rutas antiguas y la presencia constante de los lobos que los acompañaban.
Tres días.
Eso decía el