El Norte quedó atrás con una rapidez que parecía irreal.
No porque el territorio fuera pequeño —era inmenso, salvaje, familiar— sino porque, por primera vez en años, Lysander sintió que la casa principal no era el centro de su mundo, sino un punto de partida. A medida que la caravana avanzaba por los senderos de bosque y roca, el olor de su hogar se debilitó lentamente, reemplazado por aire nuevo, rutas antiguas y la presencia constante de los lobos que los acompañaban.
Tres días.
Eso decía el plan. Tres días de camino hasta el predio del Consejo, hasta el lugar donde las manadas se reunían para competir, para medir fuerzas, para decidir reputaciones sin necesidad de guerra. Tres días en los que, sin Lucía y Jacob, la responsabilidad caía por completo sobre ellos.
A su alrededor, la caravana se movía con disciplina. No era un grupo improvisado: iban ayudantes, curanderos, estrategas, guerreros de alto rango y dos escoltas por vehículo. No solo para proteger, sino para sostener la estr