El amanecer en el predio del Consejo no llegó con suavidad.
Llegó con sonido.
Cuernos largos y profundos resonaron desde distintos puntos del anfiteatro, marcando el inicio formal de los Juegos. No era una alarma ni una convocatoria urgente; era un llamado antiguo, diseñado para atravesar piedra, carne y memoria. Un sonido que no pedía permiso, solo presencia.
Lysander abrió los ojos antes del segundo llamado.
No porque hubiera dormido mal, sino porque el cuerpo ya estaba preparado. Se incorporó despacio, consciente del peso del día que comenzaba. A su alrededor, el campamento del Norte despertaba en orden: movimientos contenidos, voces bajas, pasos firmes. Nada caótico. Nada improvisado.
Como debía ser.
Aria ya estaba despierta cuando él salió de la tienda principal. Tenía el cabello recogido de manera práctica y la ropa de entrenamiento ajustada, lista desde hacía horas. Caminaba de un lado a otro, estirando brazos y cuello, descargando una energía que parecía no tener fin.
—Pensé q