La carta llegó al mediodía, cuando la casa principal del Norte atravesaba esa calma engañosa que solo existe cuando nada parece urgente… todavía. El mensajero cruzó el territorio sin escolta visible, entregó el sobre sellado y se retiró con la misma discreción con la que había llegado.
Lucía sostuvo el sello del Consejo un instante más de lo necesario.
No por duda.
Por memoria.
Jacob la observó desde el otro lado de la mesa, sin preguntar. No hacía falta. Ese emblema tenía un peso propio. Siempre lo había tenido.
Lucía dejó el sobre frente a él.
Jacob lo tomó, lo leyó en silencio y, al terminar, apoyó la palma sobre la madera, despacio, como si ese gesto pudiera anclar algo que ya se estaba moviendo.
—Los Juegos —dijo finalmente.
Lucía asintió.
No hubo exclamaciones ni discusiones. Solo una certeza incómoda que se instaló entre ambos.
—Este año… —continuó Jacob, repasando el texto— el Consejo permite la participación completa de los herederos adultos.
Lucía respiró hondo.