La carta llegó al mediodía, cuando la casa principal del Norte atravesaba esa calma engañosa que solo existe cuando nada parece urgente… todavía. El mensajero cruzó el territorio sin escolta visible, entregó el sobre sellado y se retiró con la misma discreción con la que había llegado.
Lucía sostuvo el sello del Consejo un instante más de lo necesario.
No por duda.
Por memoria.
Jacob la observó desde el otro lado de la mesa, sin preguntar. No hacía falta. Ese emblema tenía un peso propio.