Años después.
Lucía había aprendido, con los años, que el tiempo no cerraba las heridas.
Las transformaba.
Estaba sentada en el porche de la casa principal del Norte, envuelta en una manta ligera, observando cómo la luz de la tarde se filtraba entre los árboles que rodeaban el territorio. El bosque ya no le hablaba con urgencia ni con advertencias. Ahora lo hacía con calma, con la familiaridad de algo que había sobrevivido junto a ellos.
Habían pasado muchos años desde la noche del claro.
Desd