DAFNE
Mi cuerpo se sentía ingrávido, suspendido en la oscuridad. Intenté respirar, pero no había aire — solo un extraño zumbido que se arrastraba bajo mi piel. Lo último que recordaba era la explosión de luz, la sonrisa retorcida de Eleonora y la voz de Jordán llamando mi nombre a través de la tormenta.
Ahora… no había nada.
—¿Atenea? —susurré, aunque mi voz no hizo eco. Simplemente cayó, plana, en el vacío.
No hubo respuesta.
El pánico empezó a crecer en mi pecho. Mi corazón latía demasiado