La noche regresó en silencio.
Suaves vientos barrieron la finca de la Luna Roja, rozando las cortinas de la habitación de Dafne. El aire olía limpio — a pino, lluvia y a la dulce fragancia de la flor de luna.
Dafne se movió bajo las sábanas de seda, abriendo los ojos al ver a Jordán sentado al borde de la cama, observándola. Su habitual armadura de autoridad había desaparecido; solo quedaba la humanidad desnuda. Su camisa estaba desabotonada hasta la mitad, su amplio pecho marcado por cicatric