JORDÁN
—¡Dafne!
Su nombre se desgarró de mi garganta como una hoja rasgando carne. Extendí la mano hacia la oscuridad donde había caído, pero mis garras solo atraparon aire. El suelo bajo mis pies se resquebrajó, palpitando con una luz negra, y luego se cerró —tragándosela por completo.
Por un momento, el mundo dejó de moverse. El lazo entre nosotros… tembló —débil, titilando como una llama moribunda.
—No —murmuré, apretando mi pecho—. No te atrevas a desvanecerte… no otra vez.
Mi lobo estaba a