JORDÁN
El momento en que su aroma desapareció, el bosque se volvió hueco.
Cada sonido murió: ningún latido, ningún susurro, nada. Solo silencio.
—¡Dafne! —grité, mi voz resonando entre los árboles.
Nada.
Me transformé, las garras desgarrando la tierra mientras mi lobo se lanzaba hacia adelante, siguiendo el rastro más débil de su energía. Pero se dividía, se torcía, como humo. Cada camino que seguía se desvanecía entre la niebla.
La voz de Teo resonó débilmente a través del vínculo d