DAFNE
El silencio era ensordecedor.
Hasta el bosque parecía contener el aliento.
Podía sentir el latido de Jordán bajo mi mejilla — salvaje, irregular, tembloroso.
Pero no era el suyo lo que me asustaba. Era el otro.
Algo frío y antiguo palpitaba bajo mi piel. Susurraba en mi mente — un ritmo bajo y constante que no era mío.
“Deberías darme las gracias, pequeña loba,” murmuró. “Sin mí, estarías muerta.”
Me estremecí, presionando las palmas contra mis oídos, como si eso pudiera callarla.
“N