JORDÁN
—¡Dafne!
Su nombre salió desgarrado de mi garganta, pero solo el silencio respondió.
El bosque había muerto —sin viento, sin aroma, sin sonido. Solo ese vacío enfermizo que hacía que mi lobo caminara en círculos y gruñera dentro de mí.
Todavía podía sentirla.
Apenas.
Un pulso débil a través de nuestro vínculo —frágil, titilante, como el último latido de una estrella moribunda.
Entonces… dolor.
Me golpeó como una cuchilla clavándose en el pecho. Me tambaleé, sujetándome de un tronc