Kaito se despidió de Nicolás con una leve reverencia, como dictaba su costumbre, y salió de la oficina con el corazón aún agitado por la noticia. Pero apenas dobló la esquina, la seguridad se desvaneció.
Tomó el pasillo equivocado, distraído por la emoción y por los techos altos que parecían multiplicarse en cada dirección.
Cada puerta idéntica lo hacía dudar.
—Soy un tonto… —murmuró.
Se detuvo frente a una sala de juntas vacía, luego giró hacia lo que creyó que era la salida, pero termin