Isabela y Noah tiraron los gorros al aire junto a sus compañeros, en una explosión de alegría que llenó el lugar de gritos de celebración.
El patio de la universidad vibraba por los aplausos. Los doctores y enfermeras recién graduados estaban inmersos en una marea de emociones compartidas.
Isabela se quedó quieta un momento, con la vista alzada, viendo su birrete girar en el aire antes de perderse entre los demás.
Las lágrimas le corrían por las mejillas.
Su día más soñado había llegado. Después de años de esfuerzo, noches sin dormir, dudas y sacrificios… lo había logrado.
Noah la miró, conmovido. Se acercó, la tomó del rostro con ambas manos y la besó con dulzura.
—¡Lo hemos logrado, Isa! —gritó, entre tanto escándalo—. Y pronto nos vamos a casar. ¿No estás feliz?
—Ay, Noah —sonrió—. Gracias por haberme ayudado durante todo este tiempo. Sin ti, yo estaría perdida y seguiría teniéndole miedo a mi madre. Tú me salvaste… gracias a ti, estoy disfrutando con plenitud los place