Gabriel tenía el ceño fruncido. En toda la explicación, Diana no paraba de nombrar a Helena como su supuesta ayudante.
—¿Por qué mencionas a Helena en estas alturas? ¿No la odias? —inquirió, confundido y de brazos cruzados—. Porque le quitaste el puesto, eh.
—Cuando la conocí, no la odiaba. Pensé que tener una amiga resolvería gran parte de mis problemas. Y Helena me apoyó como lo prometió —resopló, de mala gana—. Los tiempos cambian, cariño.
—¿Por qué la empezaste a odiar? —preguntó Gabriel