Capítulo 259: La Danza de las Cicatrices
El silencio que siguió al desvanecimiento del jinete era más pesado que el rugido de la tormenta. Astraea permanecía inmóvil sobre la ceniza, sintiendo cómo el frío del Páramo de Hierro intentaba filtrarse por las grietas de su resolución. A su lado, Valerius se puso en pie con un esfuerzo que hizo que los músculos de su espalda se tensaran como cuerdas de arco.
La oscuridad del lugar parecía alimentarse del miedo, pero el calor que emanaba del Alpha era