Capítulo 215: El Latido de la Piedra
La oscuridad que devoró a Astraea no era un vacío, sino una masa viviente que la apretaba con la familiaridad de un útero de roca. Tras el cierre de la mano gigante de hueso, el silencio se volvió tan denso que podía escuchar el fluir de su propia sangre, una mezcla de plata y oro que rugía ante la presencia de la mano extraña que le oprimía el corazón. En ese abismo, el perfume de jazmín de Selene no era una memoria, era una presencia física, un rastro que