El frío que emanaba del caballero de hierro no era solo climático; era una ausencia absoluta de vida que drenaba el calor de la antecámara. Astraea, aún sostenida por los brazos de Valerius, sintió cómo el escudo dorado que habían creado juntos flaqueaba. La visión de ese rostro —la piel de su padre, Vaelen, cosida sobre el metal oxidado— le provocó una náusea que ninguna batalla previa había logrado despertar. Los ojos fijos del caballero, inyectados en una quietud eterna, parecían juzgar cada