Capítulo 113: El Dilema del Cazador
El silencio que siguió a las palabras de la anciana fue más pesado que el estrépito de la batalla exterior. Las hormigas de cristal, diminutas y brillantes como diamantes vivos, se esparcían por el suelo de la antecámara, consumiendo los restos de luz plateada que el Trino aún desprendía. Astraea, con la espada de bronce ardiendo en su mano, sintió que el tiempo se dilataba de una forma casi insoportable.
La dilatación sensorial la envolvía: podía oler el moh