El grito de Silas desgarró el aire viciado del Gran Salón, compitiendo con el estruendo de la piedra que se fracturaba bajo sus pies. El suelo, cubierto por alfombras de lana gruesa y escudos heráldicos, vibró con una fuerza telúrica que hizo que las pesadas lámparas de araña oscilaran violentamente. Astraea, aún con la mano extendida sobre el informe que acababa de traicionarla, sintió cómo el pánico de los nobles estallaba en una cacofonía de gritos y sillas arrastradas.
Silas se desplomó en